Compartir

El pasado 11 de diciembre se aprobó en el Congreso de los Diputados la Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, conocida popularmente como Ley Mordaza. Nada importa que saliera adelante con el único apoyo de los diputados del Partido Popular, mayoría absoluta en el Congreso. Poco importan, incluso, las propias contradicciones que la nueva vieja Ley genera a su propio sistema jurídico.

Lo más importante no son tampoco los pormenores y los cambios sustanciales que implementa en cuanto a la persecución y represión de los derechos democráticos del pueblo trabajador. Lo verdaderamente importante que pone de manifiesto la Ley Mordaza es la determinada voluntad de la clase dominante a ejercer su dominación de una forma mucho más dictatorial, de prepararse en todos los ámbitos para un escenario de guerra de clases desconocido para la mayoría de quienes vamos a tener que batirnos en él.

De boca en boca han corrido en los últimos meses algunas de las más escandalosas medidas que la Ley implementa de nuevas o endurece. La prohibición de casi cualquier actividad política en plena calle, como el reparto de panfletos o poner una pequeña mesa de propaganda, el uso del espacio público para cualquier queja, la ocupación siquiera simbólica y por minutos de un edificio institucional o de una entidad financiera, las manifestaciones de oposición a injusticias sociales como los desahucios, la expresión pública reivindicativa, como colocar una pancarta en la fachada de un edificio, la grabación de los cuerpos policiales en cualquier circunstancia, inclusive si están cometiendo un flagrante delito —más si cabe y precisamente para este casoson actividades, como decimos, prohibidas, y penadas con severas multas económicas. La policía pasa a contar con amplios poderes para sancionar, perseguir y agredir a cualquier manifestante, no sólo a cualquier manifestante, a cualquier persona que camine por la calle a cualquier hora del día y con total normalidad.

La más importante enseñanza que lega el proceso de aprobación de esta ley es la naturaleza del momento histórico que vivimos. El poder de la oligarquía está padeciendo una seria crisis en su cúspide. El reagrupamiento y la reorganización del campo oportunista en lo que se conoce como la izquierda le es funcional al sistema para paliar los efectos de esta crisis. Pero no vale solo con eso. Su poder político, cimentado sobre una dominación económica caduca históricamente, se encuentra en una fase en que solo puede sostenerse mediante el uso de unas formas de gobierno cada vez más dictatoriales.

La Ley Mordaza, cercenadora en masa de una enorme base de derechos democráticos, no puede entenderse al margen otras tantas contrarreformas. La contrarreforma laboral del PSOE en sus estertores, refrendada por la del PP en su primera legislatura abrió la fase de ofensiva del capital para inflar el colchón jurídico en que descansara la represión policial y judicial de los tiempos que habían de venir, que hoy vivimos y que están por llegar.

El objetivo no es solo destruir derechos democráticos, sino utilizar este hecho como declaración de intenciones, como transmisor de miedo. Se trata de criminalizar la protesta y a quienes protestan, de avisar que comienza una nueva etapa en la lucha de clases en la que ya nada ampara los derechos de los trabajadores dentro de la jurisdicción burguesa. Porque el derecho, recordemos a Marx, no es sino la voluntad de la burguesía hecha ley.

Se trata de explotar la ventaja de ir ganando en el juego para modificar las reglas del mismo, y así perpetuar esa dominación. Lo que el pueblo trabajador no puede hacer es seguir obedeciendo las reglas del juego, porque, como se sabe, la banca siempre gana. No hay forma de ganar  siguiendo el camino marcado por el adversario. No podemos respetar las reglas del juego ni tratar de retrotraerlas a etapas anteriores —sólo porque fueron un poco menos injustasporque aparte de imposible, es insuficiente. De lo que se trata llegados a este punto es de que las masas salgan a la calle, organizadas, y rompan el tablero.

Eduardo Corrales