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“Para la revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de seguir viviendo como viven y exijan cambios; para la revolución es necesario que los explotadores no puedan seguir viviendo y gobernando como viven y gobiernan: Sólo cuando “los de abajo” no quieren y “los de arriba” no pueden seguir viviendo a la antigua, sólo entonces puede triunfar la revolución” [Lenin La enfermedad infantil del <izquierdismo> en el comunismo]

 

La profundización de la crisis, el agravamiento de las condiciones de vida y laborales de la clase obrera y los sectores populares, la dificultad, en suma, que encuentra la burguesía de remontar la tasa de ganancia se traduce en una desafección cada vez mayor hacia la superestructura tradicional de dominación burguesa construida durante la Transición.

La permanente unidad dialéctica entre burguesía y proletariado impregna todas las esferas de la vida. El cuestionamiento de la monarquía y del sistema de partidos, los interminables casos de corrupción, el escepticismo cada vez mayor hacia el propio sistema capitalista o el crecimiento del Partido de la clase obrera no pueden dejar de tener su efecto en el marco de la lucha de clases, originando eso que hemos dado en llamar “crisis en la cúspide”.

Como “los de arriba” son incapaces de “seguir viviendo a la antigua” tratan de responder a ese reto, de entrada, con un recambio en la jefatura del Estado, eliminando la desgastada figura de Juan Carlos por la de un remozado Felipe.

Frente a los casos de corrupción, la respuesta de la burguesía es la clásica: lágrimas de cocodrilo, “indignación” televisiva y la descarga de responsabilidad en el factor de la moralidad individual, quedando incólume el sistema que la genera y nutre.

El previsible desastre electoral de los dos grandes partidos y el presumible aumento de la influencia y fuerza de la opción revolucionaria empuja a la burguesía a buscar nuevas formas de consensos sociales. Ahí, un partido, como PODEMOS, de raíz interclasista, que hace del “ciudadanismo” el pilar básico de su discurso y que, merced a una buscada ambigüedad, pretende ser un partido de aluvión, es la pieza perfecta con la que tratar de canalizar cualquier veleidad revolucionaria de la clase obrera y frenar el posible ascenso del Partido Comunista.

Lo que nos corresponden a quienes nos situamos al otro lado de la balanza es trabajar para convertir esa “crisis en la cúspide” en una situación revolucionaria.

Lenin, en La bancarrota de la II Internacional, sintetizaba los ingredientes de esa situación: “la imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación”, “una agravación, fuera de lo común, de la miseria y de los sufrimientos  de las clases oprimidas” y “una intensificación considerable…de la actividad de las masas” que se lanzan a una “acción histórica independiente”.

Ante el consecuente desarrollo de la movilización popular, la tarea de los y las comunistas no es sólo elevarla a un nivel superior, sino—principalmente—que esa movilización se despliegue a través de un proyecto—como nos recordaba Lenin—independiente de la clase obrera.

Un intenso trabajo, pues, en el que el Partido de la clase obrera lleva a las masas un proyecto clasista firmemente anclado en las necesidades objetivas de la clase obrera y de los sectores populares, alejado de veleidades posibilistas; un discurso en el que las categorías del marxismo-leninismo son elementos centrales de la intervención comunista y en el que garantizar la acción independiente de la clase obrera, su no subordinación tras proyectos ajenos que están condenados a morir en la vía muerta reformista, es condición de necesidad para un cambio revolucionario.

Sólo así seremos capaces de convertir una crisis en la cúspide en una situación revolucionaria que abra camino a la Revolución Socialista.

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