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Aunque solo fuera porque se trata de la primera película cien por cien palestina, que está dirigida por un cineasta de esa nacionalidad y que cuenta una historia de amor en medio del conflicto palestino-israelí, el último filme del realizador Hany Abud-Assad (Nazaret, 1961) merecería nuestros elogios. No todos los días se cuece una película con parecidos ingredientes. Pero es que además de eso es un notable trabajo cinematográfico. Tanto en la forma (un thriller entre las aguas de lo romántico y lo social, con dosis de acción, intriga y suspense)  como en el fondo: denuncia del terror sicológico que sufre la población palestina constantemente amenazada por los mecanismos de represión y persecución del Estado israelí. Al principio, una historia sencilla: un chico, Omar (impecable interpretación de Adam Bakri), se enamora de una chica llamada  Nadja. Pero lo que puede ser banal en “circunstancias normales” se convierte en algo absolutamente estremecedor en circunstancias excepcionales. Es decir, en las que impone la invasora bota israelí en Cisjordania. Omar, que habita allí, y que quisiera vivir y disfrutar de su juventud, se desgarra literalmente entre su amor por Nadja y su compromiso político de luchar por la libertad de su pueblo.

La película, que delinea otras aristas, como las contradicciones, dudas y sospechas que envuelven el difícil pero legítimo combate palestino contra el ocupante sionista o las intrincadas relaciones familiares palestinas, llega a España precedida del Premio del Jurado del Festival de Cannes 2013 conseguido en la sección “Una cierta mirada”,  y de la nominación  al Oscar como “mejor película de habla no inglesa”. Aparte de la triste actualidad que le confiere la horrible matanza de palestinos/as perpetrada por el ejército israelí en la Franja de  Gaza hace escasas semanas.

No es la primera vez  que Hany Abud-Assad aborda en su cine el drama de ese pueblo martirizado. Ya lo hizo en su polémica Paradise Now, en 2005, una historia en la que cuenta las peripecias de dos jóvenes palestinos que se preparan para inmolarse en un atentado suicida en Tel Aviv. En aquella ocasión proponía una visión de la vida cotidiana de personas en circunstancias desesperadas, y exploraba  las legítimas razones de la resistencia a la ocupación sin justificar en ningún momento la pérdida de vidas humanas. Ahora, en Omar, y a pesar de su apoyo manifiesto a la causa palestina, Abu-Assad huye constantemente del maniqueísmo. Algunas escenas lo corroboran claramente, como la de la llamada telefónica del comisario de policía a su esposa, regalándole al personaje un rasgo de humanidad. Sin duda en su deseo de desdibujar los límites del bueno y el malo de la película. Lo que no es óbice para que concluya, a nuestro entender, de manera certera y eficaz.

En resumen una película que, sin dejar los linderos de lo comercial, y por tanto de la distracción, nos hace reflexionar seriamente sobre el drama, que por orden del Antiguo Testamento: la Tierra Prometida para los hebreos, sufre injustamente todo un pueblo desde hace ya más de 6O años.

Rosebud