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Control total de la reproducción de la fuerza de trabajo, control en la cama.

Sometimiento y disciplinamiento absoluto de la clase obrera.

Obligación de trabajar hasta la extenuación por lo que te den, obligación también de preñar y parir. Parir mano de obra abundante y de ser posible, gratuita.

Está visto que la pulsión sexual no puede ser un cabo suelto en la persecución del beneficio. Los y las pobres tenemos que reproducirnos, es una orden.

Otra cosa es cuando tienes "posibles" para moverte en los servicios sanitarios privatizados. Pagando bien (sí, sí, a esos mismos matasanos que en la medicina pública se rasgan las vestiduras y "objetan"), puedes tener tu aborto y seguir follando sin miedo ni condón.

Hasta aquí, todo parece adecuarse fácilmente a la lógica de la clase en el poder.

Pero es que moralizan.

El capital moraliza a través de sus representantes políticos, de sus ideólogos, de sus periodistas, sacerdotes y demás gurús. El no nato los conmueve, como su perro de compañía cuando se enferma. Quieren al no nato. La clase social que se apodera de nuestro sudor y nuestra sangre, esa que maltrata y somete al hambre a nuestros hijos e hijas que ya nacieron, la que bombardea criaturas en Palestina y Ucrania, quiere a nuestra futura prole. Defiende su "derecho" a nacer.

Quiere sin falta poder contar con ellos y ellas para la producción, y que sean bastantes porque hay enclenques y le duran poco. Y es comprensible: de los 400 millones de niños y niñas en esclavitud en el mundo capitalista, más de la mitad trabajan en minas, canteras y fábricas.

Ahí, e incluso a lugares más horribles, te pueden llevar los sueños. Los multimillonarios clubes de fútbol de la gran Europa (1), cuna de la democracia, han arrancado de sus familias decenas de miles de niños africanos con la promesa de enseñarles a jugar al fútbol. De ellos, 20.000 "malviven hoy en las calles" (cifras y palabras suaves del periódico burgués "Público") .

Oh sí, el capital quiere a nuestros hijos e hijas que no nacieron todavía.

Les quiere como carne de cañón en sus guerras.

Les quiere para su prostitución, para su abuso y vejaciones difíciles de concebir para una mente sana.

Necesita sus órganos, para vendérselos de repuesto a quien puede pagar. Sus ojos, pongamos por caso, o su corazón, o su sangre... que parece por ahí anda la busqueda del elixir de la eterna juventud. No es broma.

La clase social que trafica con millones de niños/as nacidos/as y no le hace ascos a consumir sus vísceras, moraliza con el derecho a la vida del no nato.

Ahora bien, las trabajadoras, campesinas, migrantes , si evitamos tener un hijo al que no tendremos tiempo de defender de estos peligros casi inimaginables porque estamos a reventar en el tajo, si evitamos dar a luz una hija a la que no tendremos qué darle de comer porque somos eventuales sin derechos, somos unas criminales. Si quedamos embarazadas y no tenemos con qué pagarnos un aborto de tapadillo y acabamos en la cárcel, nos estará bien empleado. Por pobres.

Para el capitalismo senil, la clase obrera y nuestras hijas e hijos nacidos o no, somos carroña a trocear y a devorar.

Vivimos bajo el poder y bajo la mirada de una clase que solo tiene piedad de sí misma. (¡Y ahí no le falta razón, porque el huracán de la lucha de clases la barrerá como basura!)

No, no hay paz ni en la cama.

Una vida digna ya es inimaginable sin la lucha, sin la revolución socialista.

Los sermones antiabortistas dan asco.

Laura Quintillan.


(1) España, Italia, Francia e Inglaterra. 19 09 2014. "Público"