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Es una pena: los ricos no solo sufren y padecen como todo quisqui sino que, cuando les llega la hora, también la cascan. Algunos hasta sin darse cuenta. Para que luego digan que hay diferencias de clase. ¡Qué va!, cantinelas de los comunistas. Es verdad que los potentados viven mucho mejor en esta tierra que ellos han vuelto infame que los puteados currantes, pero recuerden aquello que decía el panoli de Nazaret: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos”.

Ahora que lo pienso, aquella parábola que yo creía a pies juntillas en los años cándidos de mi humilde infancia, me aquietaba bastante cuando veía el despilfarro en el que vivían mis vecinos ricos. De tal modo que, al irme a acostar, me repetía con mucha malaleche: “yo vivo jodidamente, pero estos ricachones de mierda las van a pasar canutas cuando mueran porque para que vayan al cielo (deseo máximo en aquel entonces franquista) tendrá que pasar por el ojo de la aguja el enorme rumiante. Y eso- me reiteraba con insistencia- es harto difícil. Después me quedaba frito pensando que, en este mundo ruin, al fin la justicia existía. Hoy el ricachón de mierda que no va a poder viajar al reino celestial ni con billete de tercera clase es Emilio Botín, bisnieto, nieto, sobrino, hijo, hermano y padre de banqueros. Es decir, miembro de una familia que, a lo largo de su suntuosa existencia, solo ha maquinado para embolsar pasta a mansalva. O si prefieren, para acumular parné a granel. Al principio como aprendiz de aquilatados ladrones, y a medida que el tiempo ha pasado y la experiencia atracadora se ha enriquecido y sofisticado, subiendo vertiginosamente en el escalafón del hurto. Así, con ese fin exclusivo, Botín ascendió a la presidencia del Banco Santander en 1986, después adquirió Banesto, más tarde absorbió el Central Hispano, y muy gustoso especuló también en Inglaterra y en la patria del Tío Sam para enriquecerse todavía más. Al unísono, y como consecuencia de todo lo anterior, despidió a miles de trabajadores, jubiló miserablemente a diestro y siniestro y participó, junto a otros cuatreros de la bolsa y la finanza, en la producción de la actual crisis capitalista que sufren los pueblos de España. Sin remordimientos, con nocturnidad y alevosía. Afirmando, el muy carota, que “vivíamos por encima de nuestras posibilidades”, y ocultando, eso sí, miles de millones de euros al fisco.

Estos días el poder político (la derecha y la izquierda de pacotilla) le rinde un sentido homenaje, como lo hace el siervo ante su amo, con obediencia y suma pleitesía. Olvidando fraudes y demás tropelías. Mientras Ana Botín, la hija de su papá, que ya ha hecho sus pinitos especulativos en la filial británica del Grupo Santander, se descula ante las instancias oportunas para que o bien el ojo de la aguja agrande considerablemente o que el dromedario adelgace lo indecible, con el fin de que su querido papi atraviese el umbral del Paraíso sin temor alguno. Porque de no ser así - aseguran lenguas viperinas- muchos trabajadores y clientes, explotados y expoliados por él, y ya fallecidos, le esperan para ajustarle el hato en el mismísimo averno.

José L. Quirante