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Siempre me ha resultado curioso que aquellos personajes que se llenan la boca hablando de la defensa de la familia y se proclaman a sí mismos “pro-vida”, sean los mismos que nos niegan a los jóvenes la posibilidad de formar una, pues son los mismos que con las contrarreformas laborales esquilman nuestro poder adquisitivo y quienes mediante los recortes reducen las plazas en guarderías, escuelas o eliminan ayudas a la maternidad.

Porque, al fin y al cabo, la posibilidad de constituir una familia está muy relacionada con las condiciones económicas de quienes desean hacerlo. Y no es la misma realidad aquella que viven los engominados burgueses del Opus Dei que la que vivimos los jóvenes trabajadores con salarios de miseria. Así es que, mientras ellos se casan a los 25 años y tienen cinco hermanos y cinco hijos (o más), nosotros nos casaremos más allá de los 30 (si nos llegamos a casar) y tendremos uno o dos como mucho. Así es que, también, mientras nosotros reivindiquemos la posibilidad legal de abortar y de usar los métodos anticonceptivos de manera extendida, ellos hablen de parir el mayor número de hijos posible con sus soflamas del “derecho a la vida”.

¿Cuál es nuestra realidad como jóvenes de clase obrera? El 57,02% estamos en el paro, el 60,89% aún vivimos con nuestros padres, cobramos salarios por debajo de los 800 euros, trabajamos más de 8 horas en horarios alternos, las prácticas no se nos remuneran, tenemos que afrontar cada vez tasas más altas para la FP o para la universidad, el coste de la vida se eleva en general… ¿Así quién es el valiente que constituye una familia?

De hecho, las relaciones sociales entre jóvenes también se han modificado acorde con esta realidad económica tan penosa. Por ejemplo, las relaciones afectivas han cambiado su forma y han empeorado aún más, con un especial perjuicio para las mujeres: si antes hablábamos de las relaciones de amor estables como tendencia general, hoy en día las relaciones afectivas son más cortas en el tiempo y se caracterizan por ser bastante obsesivas. Los jóvenes se agarran a la pareja ante la falta de perspectivas de futuro en el trabajo, en los estudios o mismamente en el ámbito de las relaciones sociales, pues no hay vínculos sanos entre los jóvenes al faltar propuestas culturales, deportivas o de ocio que eleven sus preocupaciones en la vida hacia algo más allá que su propia individualidad.

Antón Makarenko, pedagogo soviético, dijo una frase que para mí es clave a la hora de entender la formación de la personalidad humana: “El verdadero estímulo de la vida humana es la felicidad futura”. ¿Cómo no vamos a encontrar una juventud apática y embrutecida con un futuro completamente negro?

Realmente la solución al tema de la familia es sencilla, pero para ello se necesita un cambio profundo. No basta con recuperar las ayudas a la maternidad que antes se concedían con el PSOE, ni la natalidad volverá a subir aumentando las plazas en las guarderías públicas como propone IU. En primer lugar es preciso asegurar el pleno empleo para toda la juventud y que los salarios que los jóvenes obtengan correspondan con el 100% de su trabajo realizado. En el caso de la mujer, ha de imponerse por obligación de ley que sus salarios sean exactamente los mismos que los de los hombres por el mismo trabajo. Las primeras medidas de un gobierno obrero a favor de la juventud han de ser éstas.

¿Y si los empresarios y políticos capitalistas no lo aceptan? Pues entonces les diremos: adiós, muy buenas.

Adrián J. Bertol