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El hombre conoce objetivamente en la medida en que el conocimiento es real para todo el género humano históricamente unificado en un sistema cultural unitario; pero este proceso de unificación histórica se produce con la desaparición de las contradicciones internas que laceran la sociedad humana, contradicciones que constituyen la condición de la formación de los grupos y el nacimiento de las ideologías no universales concretas, pero que el origen práctico de su sustancia hace inmediatamente caducas. Lo que los idealistas llaman “espíritu” no es un punto de partida, sino un punto de llegada, el conjunto de las superestructuras en devenir hacia la unificación concreta y objetivamente universal y no ya un presupuesto unitario.

Hay acuerdo entre el catolicismo y el aristotelismo en la cuestión de la objetividad de lo real.

El antihistoricismo metódico no es más que metafísica. Que los sistemas filosóficos hayan sido superados no excluye que hayan sido históricamente válidos y hayan cumplido una función necesaria.

La filosofía de la praxis continúa la filosofía de la inmanencia [de Hegel] pero la depura de todo su aparato metafísico y la conduce al terreno concreto de la historia. La filosofía de la praxis es el “historicismo” absoluto, la mundanización y la terrenalidad absoluta del pensamiento, un humanismo absoluto de la historia.

La cuestión de las relaciones entre el lenguaje y las metáforas no es sencilla, ni mucho menos. El lenguaje siempre es metafórico.

Es evidente que en la filosofía de la praxis la “materia” no debe entenderse ni en el sentido que resulta de las ciencias naturales ni en los sentidos que resultan de las diversas metafísicas materialistas. La materia no tiene que considerarse como tal, sino como social e históricamente organizada para la producción.

En la filosofía de la praxis la cualidad siempre está vinculada a la cantidad y puede decirse incluso que esta vinculación constituye su parte más original y fecunda.

Cuando el partido es regresivo funciona “burocráticamente” (en el sentido de un centralismo burocrático). En este caso el partido es un puro ejecutante, no un cuerpo que delibera: entonces es, técnicamente, un órgano de policía y su nombre de “partido político” es una pura metáfora de carácter mitológico.

Los grandes industriales se sirven de todos los partidos existentes, según la ocasión, pero no tienen un partido propio. Lo que les interesa es un determinado equilibrio, que obtienen precisamente reforzando con sus medios, en cada ocasión, ora uno, ora otro de los partidos con la excepción, naturalmente, del partido antagonista, cuyo reforzamiento no les interesa ni siquiera desde el punto de vista táctico.

Dado que en la realidad concreta la sociedad civil y el Estado se identifican, la conclusión es que también el liberalismo es una “reglamentación” de carácter estatal, introducida y mantenida por vía legislativa y coercitiva: es un hecho de voluntad consciente de los propios fines y no la expresión espontánea, automática, del hecho económico. Por consiguiente, el liberalismo es un programa político, destinado a modificar, en cuanto triunfe, el personal dirigente de un Estado y el programa económico del Estado mismo, es decir, a modificar la distribución de la renta nacional.

El error en que se cae a menudo en los análisis histórico-políticos consiste en no saber encontrar la justa relación entre lo orgánico y lo ocasional: de este modo se llega a exponer como causas inmediatamente operantes algunas que sólo lo son de modo inmediato, o a afirmar que las causas inmediatas son las únicas eficientes; en un caso se cae en el exceso del “economicismo” o del doctrinarismo pedante; en el otro, en el exceso del “ideologismo” En un caso se sobrevaloran las causas mecánicas, en otro se exalta el elemento voluntarista e individual.