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Conocí a Pedro Mateo Merino a mediados de enero de 1984, pocos días después del Congreso de Unidad de los Comunistas del que nació el PC (PCPE). Yo iniciaba mi militancia comunista con quince años recién cumplidos; Pedro, con setenta y dos, ya tenía tras de sí un impresionante currículum de combatiente curtido en varias guerras y procesos revolucionarios, circunstancia que yo ignoraba por completo.

Vivíamos relativamente cerca y compartíamos militancia en la célula "Brigadas Internacionales" de Móstoles (junto con otros inolvidables camaradas, como Antonio Diosdado, Magda, Paco Gil, Olvido Inguanzo, Joaquín Ortega...). Su exagerada modestia y su actitud de vivir intensamente el presente tratando de conocer siempre con exactitud y sin filtros la realidad más inmediata, resultaba en la paradoja de que, en nuestros regresos a casa tras las reuniones, fuera él quien me interrogara sobre las circunstancias y los problemas de la educación y mi "experiencia" como estudiante de secundaria; el maestro tratando de aprender del alumno... 

Fue mucho más tarde cuando comprendí quien era Pedro. Él también era estudiante cuando, ya bregado en la militancia comunista y la lucha contra la dictadura de Primo de Rivera, le sorprendió la sublevación fascista de 1936. Miliciano de primera hora, pronto quedó integrado en la Brigada del Campesino, donde coincidió con históricos combatientes y revolucionarios, como Rosario "La Chacha" o "La Dinamitera" protagonista del poema de Miguel Hernández, o el propio Miguel Hernández. 

Sus aptitudes de mando, en las circunstancias más adversas, le llevaron a rápidos ascensos. Desde mediados de 1937 y con grado de mayor (comandante) mandó la 101ª Brigada Mixta, unidad de choque integrada en la 46 División de "El Campesino". Precisamente, ejerciendo en este puesto, le tocó evacuar a los últimos hombres tras la caída de Teruel, asumiendo el mando de la división, abandonado precipitadamente por El Campesino y evitando con su acción un desastre aún mayor. La trayectoria de Pedro durante la Guerra Nacional Revolucionaria culminó con su nombramiento como Teniente Coronel, jefe de la 35ª División, que integraba habitualmente a tres de las seis Brigadas Internacionales, la XI Thaëlmann, la XIII Dombrowski y la XV Lincoln. En este puesto reemplazó al heroico internacionalista polaco Karol Swierczewski "General Walter", más tarde Viceministro de Defensa de la Polonia socialista. Con veintiséis años y unos nueve mil hombres bajo su mando, encabezó la vanguardia en la histórica Batalla del Ebro, siendo su división la que más avanzó sobre territorio enemigo.

Tras la traición de Casado y la subsiguiente derrota de la República, Pedro marchó a la URSS donde continuó su carrera militar como alumno y posteriormente como profesor de Táctica General en la Academia Frunze del Ejército Rojo, allí ascendió a coronel y coincidió con muchos compañeros de lucha en España, como el también coronel Tagüeña y los generales Lister y Modesto. Participó en la defensa de Moscú, siendo condecorado por su actuación. Tras la guerra se incorporó al ejército de la Yugoslavia socialista como asesor militar del mariscal Tito. En los años siguientes transitó por otros países socialistas: Checoslovaquia, nuevamente la URSS, donde continuó estudios civiles de economía e ingeniería. En estos años cultivó la amistad de algunos de los más importantes dirigentes revolucionarios europeos, como Ferenc Münnich, Walter Ulbricht o el propio Tito, dirigentes húngaro, alemán y yugoslavo respectivamente; algunos de ellos eran veteranos internacionalistas que estuvieron bajo su mando en la guerra.

En 1961 se trasladó a Cuba, donde la revolución triunfante comenzaba a organizar y estructurar sus Fuerzas Armadas Revolucionarias a partir del Ejército Rebelde que había acabado con la dictadura batistiana. En estas tareas participó, colaborando estrechamente con el comandante Raúl Castro, para construir el germen de la nueva organización militar, fundando la escuela de jefes de pelotón y más tarde escuela de cadetes "General Antonio Maceo" de las FAR.

En los años setenta consiguió regresar, con su compañera Katia, a España. Ejemplo de comunista, internacionalista y patriota, sus servicios en otras naciones nunca le hicieron olvidar las obligaciones revolucionarias para con su país, si bien la deriva reformista del PCE de Carrillo le fueron alejando cada vez más del que había sido siempre su partido. No obstante, jamás se desvinculó orgánicamente de la militancia comunista y en esas circunstancias, participó activamente en la refundación del auténtico PCE que supuso el Congreso de Unidad de 1984. 

Durante nuestra militancia común estrechamos relaciones, forjando una entrañable amistad más allá de la camaradería. Como estudiante de Historia y en mis investigaciones como doctorando, pude comprender con mayor precisión la grandeza de Pedro no ya como militar y revolucionario, sino como persona; incluso en testimonios de militares del bando sublevado en 1936 se le valoraba como uno de los mandos más íntegros y capaces del Ejército Popular de la República. Entre los propios, pude constatar de manera directa el respeto y admiración que le seguían profesando sus antiguos subordinados. Ante brigadistas y veteranos como el austriaco Hans Landauer, el cubano Mario Morales Mesa, Rosario Sánchez "La Dinamitera", el piloto Manuel Montilla y otros muchos, bastaba con mencionar mi amistad con Pedro para que esta funcionase como la garantía más segura de confianza. 

A los ochenta años, Pedro Mateo seguía manteniendo la actitud de un estudiante de veinte: cuando, tras la caída de la URSS, muchos comunistas cayeron en la desmovilización y otros muchos se encastillaron en actitudes cerradas e improductivas, Pedro mantuvo la actitud del verdadero marxista leninista, analizando las causas, criticando los errores y buscando nuevas perspectivas sin apartarse jamás ni un milímetro del objetivo final del socialismo; tan lejos del inmovilismo dogmático como de la menor concesión al reformismo.

Le vi por última vez poco antes de su fallecimiento; yo me trasladaba lejos, pero confiaba en poder tenerle alguna vez transmitiendo sus experiencias a mis alumnos. No pudo ser, nos dejó el 19 de noviembre de ese mismo año. Aún hoy, dieciocho años después, su ejemplo sigue siendo una referencia y una guía. Es inevitable, en cada nueva circunstancia y ante cada duda, tratar de averiguar qué es lo que hubiera opinado al respecto el camarada Pedro.

Fernando Vera Jiménez