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Últimamente hemos escuchado mucho esa frase de “nuestros hijos vivirán peor que sus padres”. Esta expresión encierra una pequeña inexactitud. Podemos afirmar, los que tenemos cierta edad, que ya (en presente) nuestros hijos e hijas viven peor que la mayoría de nosotros y nosotras.

Al incremento de la plusvalía relativa, relacionada con el aumento de la productividad, se suma una mayor plusvalía absoluta, fruto de la desesperación patronal por frenar el colapso económico al que este sistema patético nos conduce. Casi la mitad de las horas extras que se trabajan no se pagan.

Para la OIT (Organización Internacional del Trabajo), un trabajo precario se puede definir por la incertidumbre que acarrea en cuanto a la duración del empleo, la presencia de varios posibles empleadores, una relación de trabajo encubierta o ambigua, la imposibilidad de gozar de protección social y los beneficios que por lo general se asocian con el empleo, un salario bajo y obstáculos considerables tanto legales como prácticos para afiliarse a un sindicato y negociar colectivamente.

Si tenemos en cuenta estos factores que definen la precariedad laboral, la totalidad de la clase obrera en estos últimos años, se ha ido adentrando en esta senda, pero, es sobre todo la mujer y la juventud, quien padece estos males de forma mucho más alarmante.

Para refrendar esto, baste exponer algunos datos1:

  • España es el estado de la Unión Europea que cuenta con mayor tasa de temporalidad, un 26,8% frente a un 14,3% de la media. Es habitual que un trabajador o trabajadora firme 5, 10 o hasta 20 contratos en un año.

  • En el año 2016, un 16,81% de trabajadores/as en España, recibió “bajos ingresos”, según los criterios de la UE, de los que dos tercios fueron mujeres. Los salarios en España, solo en el año 2017 retrocedieron un 1,8% según la Organización Internacional del Trabajo.

  • Un 12,6% tuvo ingresos anuales por debajo del SMI. En el caso de las mujeres este porcentaje se situó en el 17,8%.

  • En 2017 un 13,1% de la población empleada se encontró en riesgo de pobreza, frente al 10,6% de 2013.

  • Las empresas cada vez contribuyen menos a los gastos directos de las prestaciones sociales. Un 0,4% en 2017 frente a un 1,1% en 2010.

  • Casi la mitad de la población desempleada no recibe prestación por este concepto, mientras que la tasa de cobertura en 2008 fue del 73,6%. En octubre de 2018, la tasa de desempleo masculino fue de 13,3%, mientras que la de la mujer de 16,4%, lo que nos da una muestra del alcance de la tragedia.

  • Entre 160.000 y 190.000 trabajadores declarados por cuenta propia, en realidad, fueron “falsos autónomos” en el 2017.

Estos números al fin y al cabo, entre otros muchos que se pueden presentar, solo ilustran la parte cuantitativa de una realidad que es mucho más desalentadora si se observa desde la cercanía. Basta mirar en el interior de nuestras familias, entre nuestras amistades o entorno para descubrir que la precariedad forma parte intrínseca de nuestra clase y tenemos ejemplos constantes a nuestro alrededor.

Desde que los sindicatos mayoritarios han ido asumiendo posiciones de conciliación social en detrimento de las luchas colectivas (auténtica fuerza de nuestra clase), el abismo de la precariedad es cada vez más profundo y amplio y el resultado es una pérdida paulatina de capacidad adquisitiva, de esperanza en el futuro y de bienestar. El trabajo se ha convertido en una cuerda floja cada vez más extensa.

Kike


1 Informe sobre precariedad laboral. Gabinete Técnico de FSC-CCOO. Nov. 2018