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Hace unos días leí con interés en un periódico digital una entrevista a Eladio García Castro (Ramón Lobato bajo el franquismo), secretario general del Partido del Trabajo, una organización política que se reclamó del comunismo en los años setenta, y en la que yo milité en mi lejana juventud. Después de casi 40 años de silencio, era la primera vez que volvía a tener noticias de aquel dirigente que, opuesto al revisionismo político del PCE, pretendió organizar la revolución en España por aquel entonces.

Hoy aparejador jubilado, activista pro derechos humanos en Puerto Real (Cádiz) y con 71 años a sus espaldas, García Castro declara votar a Podemos: “porque pienso que es la forma de acabar con el bipartidismo y una izquierda de partidos que se han convertido en colocadores de amigotes en la administración”. Propósitos loables, pero ¿y aquello de la revolución, y lo del comunismo?

Evidentemente hoy cada quien es libre de elegir el derrotero político que más le plazca e igualmente de organizar su vida según le dejen y el parné que gane, sin embargo a mí me ha costado siempre un montón digerir esos bandazos ideológicos. Sobre todo cuando quienes los endilgan son las mismas personas que un día defendieron con entusiasmo —es el caso que comento— el fin del capitalismo y la construcción del socialismo. Me pasa ahora con Ramón Lobato lo que en su momento me pasó con los renegados dirigentes históricos de PCE. La práctica del “donde dije digo, digo Diego”, se me atraganta como una enorme raspa en medio del gaznate.

Superar el capitalismo

Todo esto viene a cuento porque la nadería expuesta por los candidatos del sistema (PPeros y socialdemócratas de todo plumaje) durante la campaña electoral del 24M emana de aquellas irremisibles renuncias. Sin temor a equivocarme, podría decir que de aquellos lodos estos barrizales. Unos cenagales que enfangan el espacio político español dejándolo, en gran parte, en manos de unos mentecatos (eso sí, apuestos y jóvenes, ¡como mandan los cánones!) que no paran de contarnos milongas. Tratando de hacernos creer que los burros vuelan. Dicho de manera menos prosaica, que el capitalismo puede “humanizarse”, y que explotadores y explotados pueden entenderse y caminar juntos. En definitiva, negar la lucha de clases, la evolución dialéctica de la historia y poner en funcionamiento una segunda Transición política para encarrilar el camino de la burguesía sacudida por su crisis y obstaculizar cualquier opción revolucionaria, en particular la comunista. Porque habrá habido muchos retrocesos en este campo ideológico en los últimos tiempos, pero ¿qué teoría económica, qué teoría política y qué filosofía explica mejor que el marxismo ese sistema de producción y su inherente naturaleza  depredadora? Una política, una teoría económica y una filosofía que en ósmosis perfecta con la organización del proletariado: el Partido Comunista lograron hacer avanzar la rueda de la historia en el siglo XX conquistando en numerosos países del Planeta libertad, derechos y dignidad para la clase obrera. Y de la misma manera que no se puede impedir que el mundo cambie, tampoco se podrá eludir la superación del capitalismo. Mucho pese a tanto cantamañanas y maquiavélicos reformistas. Entre otras razones, porque como escribía Fidel en el 70 aniversario de la victoria contra el fascismo, quienes antes lucharon y perecieron “lo hicieron por la humanidad y por el derecho a pensar y a ser socialistas, ser marxistas-leninistas, ser comunistas, y en definitiva a salir de la prehistoria”. No les defraudemos.

José L. Quirante