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En la magnífica sala habilitada para la ocasión, Barack Obama escuchaba impasible los discursos que con sus cerbatanas dialécticas lanzaban, uno tras otro, los líderes latinoamericanos y caribeños. Con naturalidad y sin pelos en la lengua, verdades como puños iban golpeando repetidamente los oídos del mandatario yanqui otras veces irremisiblemente sordos. Fueron horas de fuerza y emotividad extraordinarias e insólitas. De esos momentos que solo en contadas ocasiones la Historia escrita en mayúsculas es capaz de procurar.

 

Cara a cara y de tú a tú

El representante del imperio, algo alicaído en América Latina en estos tiempos, debía pensar que atrás, muy atrás, quedaban los años en que él y quienes le precedieron en la Casa Blanca marcaban la agenda de la Cumbre de las Américas. Ahora en su 7ª edición, celebrada en Panamá los pasados días 10 y 11 de abril, eran los pueblos quienes, a través de sus máximos dirigentes, imponían el son al que se bailaba en aquel foro hemisférico. Sin protocolos vejatorios ni frías diplomacias. Cara a cara y de tú a tú. Y qué mejor son que el que viene de la mayor isla de las Antillas, de la Cuba revolucionaria y socialista tanto tiempo injustamente postergada. Y qué mejor director de orquesta igualmente que su presidente Raúl Castro, el histórico hermano del líder máximo. Así lo comprendió Cristina Kirchner, presidenta de la República Argentina, quien, ni corta ni perezosa, afirmó con ardor que Cuba estaba allí “porque luchó por más de 60 años con una dignidad sin precedentes, con un pueblo que sufrió y sufre aún muchas penurias, y porque ese pueblo fue dirigido por líderes que no traicionaron su lucha”. Las sinceras y entusiastas palabras de la criolla levantaron fuertes aplausos de los/as representantes del Continente Americano. Sin excepción ninguna. Desde Cabo Columbia hasta la Patagonia, pasando por los singulares países caribeños.

Latinoamérica ha echado a andar

Cuando tocó el turno de palabra a Cuba, el presidente Castro, solemne pero afable, humilde pero con gran dignidad, pidió se le concediera unos “minuticos más de lo estipulado”, por aquello de haber sido excluido de las 6 cumbres anteriores. La Asamblea asintió, y a partir de ese instante se instaló un clima de total fraternidad y apoyo a la patria de José Martí. Con pasión, porque a él se “le sale por los poros cuando de la Revolución se trata”, Raúl denunció los crímenes y atropellos cometidos por el Tío Sam desde 1895 hasta nuestros días. Repudió el bloqueo económico, comercial y financiero y exigió su fin por ser “el obstáculo esencial” al desarrollo de la economía cubana, y por constituir “una violación del Derecho Internacional”. En ese momento Obama debió preguntarse qué coño hacía allí, pero estoicamente aguantó el tirón y siguió escuchando al primer secretario del Partido Comunista de Cuba. “Por nuestra parte —prosiguió finalmente el líder cubano— continuaremos perfeccionando nuestro socialismo con el fin de conquistar toda la justicia para nuestro pueblo (…), porque Cuba seguirá defendiendo las ideas por las que nuestro pueblo ha asumido los mayores sacrificios y riesgos y luchado, junto a los pobres, los enfermos sin atención médica, los desempleados, los niños y niñas abandonados a su suerte u obligados a trabajar o prostituirse, los hambrientos, los discriminados, los oprimidos y los explotados que constituyen la inmensa mayoría de la población mundial”. Entonces, el presidente norteamericano oyó lo de sacar a Cuba de la lista patrocinadora del terrorismo y el deseo de crear “la gran Patria Americana”, el sueño de Simón Bolívar, y temió le diera un patatús. Sobre todo porque, en ese preciso instante, comprendió que Latinoamérica había dicho ¡Basta! y echado a andar…

José L. Quirante