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Desde la década de los noventa se han producido nuevos modelos migratorios, aumentando la inmigración femenina de carácter económico. Muchas de estas mujeres llegaron al estado español como pioneras del proceso migratorio desde los países empobrecidos más castigados por el capitalismo, en una estrategia de supervivencia familiar.

 

Las mujeres se embarcaron en el proceso migratorio como consecuencia del efecto llamada de demanda de fuerza de trabajo inmigrada para trabajo de reproducción social (principalmente trabajo doméstico). Aunque en menor medida, pero no por ello menos importante, muchas mujeres emigraron con propuestas de trabajo legal y acabaron viéndose inmersas en la prostitución y siendo explotadas sexualmente. Con las dificultades añadidas de no tener papeles y, por tanto, no tener derechos ni opciones para liberarse de esa situación.

Así, esta mano de obra femenina sigue realizando los trabajos considerados de mujeres, en lo que se conoce como internacionalización de la reproducción, en muchos casos en condiciones de semiesclavitud. Es importante tener en cuenta que en este proceso migratorio, muchas mujeres dejan a su familia en los países de origen para desarrollar el trabajo reproductivo en otros. Este hecho tiene graves consecuencias para los núcleos familiares, que se ven desestructurados, y para las personas menores, que se ven desprotegidas y abandonadas.

Entre las razones que han llevado a que la mujer inmigrante asuma este trabajo de reproducción social, destacan:

  • Su condición social de mujer trabajadora, con necesidades económicas.
  • Contar con los supuestos atributos de la condición biológica de mujer, como lo es la capacidad innata de proporcionar cuidados a los demás.
  • Tener un determinado componente étnico, al que se le atribuyen determinadas características de la personalidad como la afectividad, la afabilidad, la paciencia, etc.
  • Tener estatuto jurídico de extranjera y condición social de inmigrante, lo que facilita la sumisión, la docilidad y permite la explotación más descarnada.

El modelo capitalista en lo referente al trabajo de reproducción social, se basa o bien en la realización gratuita por las mujeres de los sectores que no pueden pagar esos servicios o bien su realización por trabajadoras inmigrantes. En contraposición a modelos como el cubano -en el que el estado ofrece una red de servicios públicos, gratuitos y de gran calidad- se está potenciando a gran escala el sector privado de consumo, con puestos de trabajo mal remunerados, inestables, socialmente desprestigiados, invisibilizados y en el que se promueve la economía sumergida. Ejemplo de ello en el ámbito local son los Ayuntamientos, que en aplicación de la Ley de Dependencia en vez crear puestos de trabajo estables y de calidad (de contratación directa) subcontratan a una empresa para que haga el trabajo, con las consecuencias negativas que conlleva, tanto para las condiciones laborales de las trabajadoras como para la calidad del servicio.

Es importante destacar que los hombres inmigrantes, aunque también padecen especialmente la economía sumergida por su condición de extranjeros, acceden a un tipo de ocupaciones que –en general- están más regularizadas, mientras que las mujeres inmigrantes se ocupan en sectores feminizados y escasamente regularizados y protegidos por la legislación laboral, como es el trabajo doméstico y familiar. De manera que las trabajadoras inmigrantes, además de sufrir la explotación de clase, soportan una doble discriminación: de género y de etnia.

La legislación de extranjería sitúa a los y las migrantes de clase trabajadora como personas de segunda categoría, con pocos derechos sociales y políticos. La patronal se beneficia de esta situación y obtiene mano de obra en condiciones de semiesclavitud. El estado –por su parte- traslada la responsabilidad del trabajo doméstico y familiar al ámbito de lo privado, recayendo principalmente en las mujeres y siendo el colectivo de mujeres inmigrantes el que realiza gran parte de este trabajo en condiciones de gran precariedad laboral.

Glòria Marrugat