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La fuerza de trabajo no ha dejado de crecer a nivel mundial, especialmente en la industria manufacturera, dándose la circunstancia en algunas zonas, como Asia,  donde la mujer tiene un porcentaje de trabajo industrial  mayor que en el sector servicios contrariamente a lo que ocurre en la U.E.

Uno de los sectores que emplea a más de 60 millones de personas en el mundo y  donde las mujeres representan, según países, entre un 60% y un 90%  de la fuerza laboral, es en el de fabricación de prendas de vestir, tanto por ser considerados puestos de trabajo aceptables para las mujeres como por recibir salarios entre un 20 y un 50% menores a los de los hombres. En una industria caracterizada  por los bajos costes, extrema flexibilidad y bajos niveles de representación sindical, la  maquila se extiende ayudada por los gobiernos  para que las multinacionales de la moda exploten sin restricciones, directa o subcontratadamente,   a millones de personas. Muchas de  estas grandes empresas (H&M, GAP, INDITEX, TARGET, ADIDAS, EL CORTE INGLES…) han instalado fábricas en India, Marruecos, Túnez, Honduras, Camboya, Tailandia, Indonesia, Turquía, Bangladesh, México, Perú, Tailandia… y en   zonas francas donde gozan de privilegios, les confeccionan la ropa con tela importada (en general), se plancha y se empaqueta con máquinas importadas (en general) y una vez  lista se vuelve a exportar. Estas fábricas emplean casi sólo mujeres que realizan  larguísimas jornadas, donde las horas extras - hasta 150 al mes- es de lo más habitual, trabajan en recintos muy inseguros donde la muerte en el tajo es frecuente y donde los salarios  no alcanzan para cubrir lo más elemental como vivienda, alimentación, sanidad o educación.

Cuando las imágenes de las malas condiciones laborales en las industrias de la confección llenan los medios de comunicación, a menudo es porque esas condiciones parecen única e injustificadamente extremas. Pero los asesinatos patronales del Rana Plaza no son una excepción, más de 400 personas han muerto en fábricas de Bangladesh y Pakistán entre 2006 y 2009. El goteo es constante. Cuando esa realidad cotidiana ocupa la primera plana, es por la magnitud y se lloran lágrimas de cocodrilo, mientras, la situación laboral de millones de mujeres desnutridas que trabajan 14 horas al día y se desmayan  por cientos  en  fábricas insalubres que, a veces, constituyen su único techo o las cientos de muertes en incendios de fábricas es una realidad básica y generalizada. Es la realidad que permite a Inditex anunciar 928 millones de dólares en beneficio el mismo día que las trabajadoras textiles de Camboya iniciaron una campaña de huelgas y movilizaciones para reclamar una subida salarial,  llegar a 140 € al mes,  pues lo que ganan hoy no les alcanza “ni para sal”.

La precariedad de estas trabajadoras es similar a la de sus vecinas, el crecimiento de los salarios reales en los 10 últimos años no alcanza para vivir y el poder adquisitivo se va hacia abajo, no hacia arriba. Seguridad, salarios y jornada son el eje de las reivindicaciones y la lucha  de las mujeres que cosen  nuestras ropas.

Al  capitalismo en crisis estructural  le salen las cuentas con  los altos niveles de explotación a los que somete a la clase obrera, y regresa la manufactura a nuestro país. Que se lo pregunten a las costureras gallegas, a las mujeres de las comarcas jugueteras o a  las trabajadoras del calzado. Hoy reciben salarios de 1 euro la hora con todo incluido y contraen enfermedades laborales, que nunca serán reconocidas como tales, en talleres donde consumen su salud y sus vidas.

Las trabajadoras de esta parte del mundo  no debemos mirar hacia otro lado o verlo  desde el punto de vista de consumidoras, sino desde la  solidaridad internacionalista y como clase. Al igual que las  mujeres camboyanas enfrentan esas condiciones de muerte y  hambre, la lucha consciente es la forma de enfrentar el capitalismo del siglo XXI.  Proletari@s  de todos los países, uníos...

Ana Muñoz