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El mundo digital, esa nueva galaxia omnipresente, ha barrido con la escena teatral que, desde Shakespeare y Moliére a Diderot, se configuraría como una mediación de representación ideológica laica por parte de la burguesía emergente, especialmente, en el siglo XVIII en Europa y la pequeña burguesía como consumidora de escenario en el siglo XIX. Desde la Ilustración se concibe el teatro donde hay una separación escena/público, público que paga, público como cliente. En el siglo pasado Piscator o Brecht, entre otros, empiezan a teorizar sobre el teatro y su entramado ideológico, conciben otros horizontes teóricos. García Lorca afirmó reconocer las aportaciones de Piscator: no pudo desarrollar todo lo que hubiera podido engendrar, de no haber sido aniquilado, ejecutado.

Una de las grandes preocupaciones teatrales lorquianas es la opresión de la mujer, aún no vislumbraba, ni siquiera inconscientemente, como sí fue el caso en una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX, “Poeta en Nueva York”, la noción de explotación. Escribió piezas como “Mariana Pineda”, “Doña Rosita la Soltera”, “Yerma”, “Bodas de Sangre”, llevada al cine por Saura y protagonizada por Antonio Gades y Cristina Hoyos. En esta ocasión viene bien sacar del baúl “La Casa de Bernarda Alba”, su ambiente opresivo y claustrofóbico. Una madeja de imbricaciones de mujeres enjauladas en la opresión patriarcal. Sólo recordar la versión que protagonizara el actor Ismael Merlo encarnando el personaje de Bernarda. Malos tiempos para leer textos dramáticos. Sin embargo tal lectura también puede producir placer y suscitar infinidad de emanaciones e incluso, por qué no, emprender iniciativas teatrales, rescatarlas del olvido. Ahora que el teatro da poco dinero y supone un buen ejercicio para digerir asimilaciones en los tiempos donde consumimos miles y miles de bombardeos mediáticos que apenas conseguimos deglutir.

GARCIA LORCA. LA CASA DE BERNARDA ALBA. EDITORIAL CÁTEDRA. MADRID 1992.